Jueves, 15 de octubre de 2026
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Alberto Pichardo: 'Yo comencé vendiendo revistas y llegué a tener una librería grandísima'

Alberto Pichardo, librero de la Ciudad Colonial, recuerda su trayectoria desde vender dulces en la calle hasta convertirse en uno de los establecimientos más reconocidos de Santo Domingo.

Foto de la librería ubicada en la calle El Conde, en la Ciudad Colonial de Santo Domingo.
Foto de la librería ubicada en la calle El Conde, en la Ciudad Colonial de Santo Domingo.

Para encontrar un libro difícil de conseguir en Santo Domingo, durante años bastaba con preguntar por Alberto Pichardo. En su librería, ubicada en la calle El Conde esquina José Reyes, en la Ciudad Colonial, se reunían estudiantes, profesionales, comerciantes y lectores que llegaban desde distintas provincias en busca de obras usadas, revistas y colecciones que no encontraban en otros establecimientos.

A sus 82 años, Pichardo recuerda con satisfacción aquella época en la que los libros ocuparon cada rincón de su negocio y se convirtieron en el centro de una vida dedicada al trabajo. Su historia comenzó mucho antes de que la Librería Pichardo adquiriera reconocimiento: empezó en las calles, cuando era apenas un niño que buscaba la manera de ganarse la vida.

"Yo siempre he trabajado, desde los siete años. Comencé vendiendo dulces en la calle, con una caja que llevaba atrás, sujeta con una correa. A mí me gusta trabajar", cuenta al repasar los primeros pasos de una trayectoria que lo llevaría a convertirse en uno de los libreros más conocidos de la Ciudad Colonial.

La relación de Pichardo con la lectura tiene un vínculo especial con su fe. Cristiano adventista, identifica la Biblia como su libro preferido y recuerda que su acercamiento a las publicaciones impresas fue una combinación de oportunidades y decisiones que terminaron definiendo su vida.

Su entrada al negocio ocurrió cuando un hombre que tenía una imprenta frente a una iglesia le propuso vender libros a consignación. Entre los primeros títulos que recibió había obras de Gabriel García Márquez. Después comenzó a comprar libros usados, revistas y colecciones antiguas, hasta ampliar progresivamente su inventario.

"Yo comencé a comprar libros usados, revistas y de todo un poco. No rechazaba nada, porque siempre había alguien que podía estar buscando algo de lo que yo tenía", explica.

Aquella disposición de adquirir publicaciones diversas terminó convirtiéndose en una de las características de su negocio. En sus estantes podía aparecer una obra literaria, una revista de años anteriores o un título que llevaba tiempo fuera de circulación.

Sin embargo, llegar a consolidar la librería no fue un proceso sencillo. Antes de establecerse en el parqueo de la calle El Conde, Pichardo tenía una considerable cantidad de libros y revistas en la vía pública. Un operativo municipal, en el que participaron cuatro camiones, terminó con el retiro de aquella mercancía.

Parte de los libros fue trasladada a un patio en Villa Consuelo, donde posteriormente se la robaron. De todo lo que había reunido, apenas le quedaron algunas revistas.

La experiencia lo dejó sin buena parte de su inventario y lo obligó a buscar una nueva oportunidad para continuar trabajando. Después de pasar por una etapa de grandes dificultades económicas, varias personas lo ayudaron a llegar al Ayuntamiento del Distrito Nacional, donde consiguió un pequeño espacio en el parqueo durante la gestión municipal de José Francisco Peña Gómez.

El lugar era apenas del tamaño que podía ocupar una motocicleta, pero allí comenzó otra vez.

"Me dejaron las revistas y yo las secaba con una tapa de cartón, hoja por hoja, para poder venderlas. Las vendía a dos y tres cheles. Ahí comencé, y poco a poco el negocio fue creciendo hasta que llegué a tener una librería grande", recuerda.

Lo que en principio parecía un puesto improvisado terminó convirtiéndose en un establecimiento conocido por la variedad de su inventario y por la posibilidad de encontrar libros a precios accesibles.

Un lugar donde siempre aparecía un libro

Durante más de cuatro décadas, la Librería Pichardo fue un punto de referencia para quienes buscaban publicaciones usadas en la capital. Su fama llegó a otras provincias, desde donde acudían compradores que adquirían libros para revenderlos en sus comunidades.

Pichardo recuerda clientes de Moca, La Vega, Higüey, La Romana y La Terrena, entre otros lugares. Algunos eran lectores; otros, pequeños comerciantes que encontraban en sus precios una oportunidad para mantener sus propios negocios.

La librería funcionaba casi como un autoservicio. Los visitantes podían pasar horas revisando los estantes, mientras el propietario los ayudaba a localizar los títulos que necesitaban.

"La gente iba a buscar libros y, si no los encontraba en otro sitio, le decían que fuera donde Pichardo, porque allí había de todo. Venían de los pueblos a comprarme para ellos vender también, porque yo procuraba darles precios con los que pudieran ganar", relata.

Su formación académica no llegó hasta el bachillerato, pero eso no impidió que su negocio contribuyera a la preparación de estudiantes y profesionales. Pichardo recuerda con orgullo que personas vinculadas a instituciones públicas y de distintas áreas de la sociedad acudían a su librería.

Para él, esa confianza representa uno de los mayores logros de su trayectoria. Más que el tamaño que alcanzó el establecimiento, valora haber podido facilitar el acceso a los libros a personas con distintas necesidades y posibilidades económicas.

Su filosofía comercial se resumía en vender barato para vender más. No buscaba obtener el mayor margen posible por cada ejemplar, sino mantener un flujo de compradores y ofrecer oportunidades tanto a lectores como a revendedores.

"Mi mayor satisfacción es haber podido servir a mucha gente. Yo no llegué a ser bachiller, pero por mi librería pasaron personas que estudiaron con esos libros, profesionales y gente de todas partes. Eso es algo que me hace sentir agradecido.

La librería también fue escenario de relaciones personales que Pichardo conserva entre sus recuerdos más queridos.

Una de las anécdotas que evoca ocurrió cuando mantenía una relación sentimental con una mujer que frecuentaba el establecimiento. Un funcionario del Gobierno que acudía al lugar se sorprendió por la manera en que ambos se trataban y, en dos ocasiones, les comentó que nunca había conocido una pareja que se llevara tan bien.

Pichardo recuerda que compartían hasta la comida y que aquella relación se distinguía por la cercanía y la sencillez. Aunque nunca llegaron a casarse, mantuvieron una amistad que continúa hasta hoy.

La mujer lo visita en ocasiones acompañada de sus hijos y nietos, quienes lo llaman tío. Él habla de esa relación con afecto y sin nostalgia amarga, como una parte importante de su vida que ha sobrevivido al paso de los años.

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