Duelo energético: cinco etapas de un conflicto que no termina
El conflicto en Oriente Medio continúa afectando el suministro de combustibles en RD, con consecuencias en precios y economía.
Tras ocho meses de conflicto en Oriente Medio, el tránsito por el estrecho de Ormuz sigue sin recuperar la normalidad. La guerra, que diversos analistas pensaban que duraría semanas, continúa consumiendo más que tiempo. Consume inventarios de crudo y derivados, convirtiéndose en la arena de un reloj que ha permitido amortiguar lo que la Agencia Internacional de Energía (AIE) calificó como la mayor interrupción del suministro petrolero de la historia.
En República Dominicana, las consecuencias se sienten en los precios de combustibles, el poder adquisitivo de los hogares, los márgenes empresariales y las cuentas públicas. Desde aquí, vivimos nuestro propio duelo energético. El término “duelo” significa dos cosas a la vez: el luto y el combate. Hoy, en Ormuz, conviven ambos.
En “Sobre la muerte y los moribundos”, la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross describió cinco etapas para atravesar un duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. ¿Estamos preparados para llegar a la última?
«Un conflicto breve sigue siendo nuestro escenario base», sostenía el Wells Fargo Investment Institute a mediados de marzo. UBS, J.P. Morgan y BNP Paribas también contemplaban disrupciones de semanas, no de meses. Los mercados de futuro reflejaban esa expectativa. A mediados de abril, los contratos de WTI con entrega en diciembre rondaban US$60 por barril, muy por debajo de los de entrega inmediata.
La lógica parecía intuitiva. La mayor potencia militar del mundo, junto a una de las mayores de Oriente Medio, enfrentaba a un adversario debilitado por sanciones y ataques previos. Parecía cuestión de tiempo. Pero ¿quién realmente controlaba ese tiempo?
Quizás una anécdota resulte ilustrativa. Durante la guerra de Afganistán, un comandante talibán que veía a sus fuerzas perder una batalla tras otra ante la superioridad militar occidental le habría dicho al general canadiense Rick Hillier: «Ustedes poseen todos los relojes, pero nosotros tenemos todo el tiempo». Occidente podía destruir más. No necesariamente terminar el conflicto antes.
En 2021, tras veinte años de conflicto, EE.UU. se retiró y desde entonces, desafortunadamente, los talibanes gobiernan Kabul. El consenso de una guerra corta convivía con advertencias de especialistas que anticipaban un conflicto persistente. Vali Nasr, una de las voces más autorizadas sobre Irán y Oriente Medio, al igual que Robert Pape, referente global en ciencias políticas de la Universidad de Chicago, alertaban sobre el riesgo de un conflicto prolongado.
Destruir capacidades militares, insistían, no bastaba para doblegar la voluntad política de resistir. Para Irán, sobrevivir y conservar medios para interrumpir el suministro energético, como el bloqueo del estrecho de Ormuz, podía prolongar el enfrentamiento y elevar el costo político para Washington y sus aliados.
Para los países que importamos hidrocarburos, esa duración plantea otro dilema: ¿cuánto del aumento internacional de precios trasladar a la población? Trasladar menos alivia a hogares y empresas, pero exige nuevos ingresos, recortes de gastos o mayor endeudamiento.
Y el horizonte sigue extendiéndose. Fatih Birol, director ejecutivo de la AIE, advirtió recientemente que no veía una vía creíble para que los mercados energéticos regresaran en 2027 a las condiciones previas al conflicto. Las advertencias estaban ahí. Esperar una resolución rápida no eximía a las autoridades de prepararse para una guerra larga.
Para quienes llenan el tanque cada semana, desde los motoconchistas hasta los camioneros, el malestar nace del aumento que pagan, no del que el Estado les evitó. Doce veces. Ese es el número de aumentos de la gasolina regular desde marzo. Pasó de RD$272.50 a RD$317.50 por galón. El gasoil regular, de RD$224.80 a RD$270.80.
En los tres años anteriores esos precios no habían subido. Llenar un tanque de doce galones de gasolina cuesta hoy RD$540 más que antes de la guerra. Para quien lo llena cada semana, unos RD$2,300 adicionales al mes. El malestar también crece cuando las noticias muestran caídas en los precios internacionales que no se reflejan en la estación de combustibles.
Entre finales de mayo y julio, el WTI cayó cerca de un 20%. Aquí, de nueve anuncios del Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes (MICM), solo dos bajaron la gasolina regular. La pregunta es inevitable: ¿por qué, cuando los precios bajan afuera, aquí no bajan también?
Para responder, hay que distinguir el petróleo crudo del combustible que consumimos. También considerar cuánto del precio local ya subsidia el Estado. Pensemos en una panadería. El crudo es el trigo; las refinerías, los hornos; la gasolina y el gasoil, el pan. Si escasea el trigo, el pan se encarece. Pero si se dañan los hornos, conseguir trigo más barato puede no bastar para que el pan se abarate.
Esta guerra ha golpeado los hornos. Los ataques a refinerías en el Golfo y en Rusia han reducido la oferta de refinados. En septiembre, Oriente Medio exportaba alrededor de un 60% menos de estos combustibles que antes del conflicto. Los precios lo reflejan. Respecto de febrero, el WTI ha subido cerca de un 50%; el de la gasolina y el diésel que importamos, en 89% y 113%. Localmente, la gasolina y el gasoil regular apenas acumulan alzas de alrededor de un 17% y un 20%.



