Molina dirige concierto de la OSN con maestría y equilibrio
El director José Antonio Molina condujo un concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional en Santo Domingo, destacando su dominio del repertorio wagneriano.
La Orquesta Sinfónica Nacional ofreció un concierto dedicado exclusivamente a la música de Richard Wagner, dirigido por José Antonio Molina. El evento tuvo lugar el miércoles pasado en Santo Domingo y fue considerado una muestra de solvencia técnica y expresiva.
Molina condujo el concierto sin partitura, lo que facilitó una comunicación fluida con los instrumentistas y una atención sostenida al desarrollo del discurso. Su familiaridad con las obras se manifestó en la seguridad de las entradas, la graduación de la intensidad y la continuidad de los contrastes.
El concierto abrió con el preludio del primer acto de La valquiria, donde las cuerdas sostuvieron la agitación mientras el conjunto conservó la urgencia dramática. Coincidencia, afuera llovía, lo que añadió un ambiente dramático al inicio del evento.
La obertura de Rienzi desplegó una combinación de recogimiento y exaltación. La plegaria tuvo nobleza expresiva, mientras que los episodios marciales mostraron firmeza rítmica y brillo. Molina enlazó esos contrastes con naturalidad y graduó la expansión sonora hasta una conclusión vigorosa.
La marcha fúnebre de Sigfrido, de El ocaso de los dioses, encontró gravedad y proporción. Los metales dieron peso a su dimensión heroica, y el director mantuvo el avance de la música sin restarle solemnidad. Las evocaciones del protagonista conservaron claridad dentro de una escritura de considerable densidad.
El preludio de Los maestros cantores de Núremberg cerró la primera parte con otra luminosidad. La combinación de majestad, lirismo y vivacidad tuvo cohesión, y la superposición de los temas permitió distinguir sus perfiles dentro del conjunto.
Después del intermedio, el preludio del tercer acto de Lohengrin recuperó la energía con ataques seguros y brillantez bien equilibrada. Su ímpetu festivo dio paso a la concentración del Preludio y muerte de amor, de Tristán e Isolda.
Molina condujo con sensibilidad ese largo arco de deseo y espera. Las frases respiraron, las oleadas de intensidad crecieron con naturalidad y la orquesta sostuvo un sonido envolvente. La resolución adquirió así su peso expresivo, fruto de una tensión administrada con paciencia y sentido de continuidad.
La obertura de Tannhäuser ofreció un cierre de fuerza y equilibrio. La nobleza del tema de los peregrinos contrastó con la agitación del Venusberg, donde las cuerdas conservaron claridad y los metales aportaron amplitud. Molina preparó el regreso del tema inicial y reservó energía para una culminación convincente.
El balance fue el de una velada sólida, coherente y expresiva. La OSN mostró capacidad para transitar del dramatismo a la celebración, del duelo al anhelo, sin perder unidad sonora. Al frente, Molina reunió seguridad técnica y comprensión del lenguaje wagneriano. El concierto dejó una impresión de madurez y confirmó la solvencia del conjunto ante un repertorio que exige tanto disciplina colectiva como sensibilidad para construir su vasto recorrido emocional.



