Netanyahu vuelve a ganar tras rechazo a coalición árabe
El primer ministro israelí vuelve a liderar el Parlamento tras elecciones que reflejan el rechazo a una participación de partidos árabes.
Benjamín Netanyahu, el primer ministro más longevo de la historia de Israel, se proclamó el jueves ganador de elecciones en las que no partía como favorito. Su victoria refleja la persistencia de un sistema político caracterizado por el “tribalismo” y el rechazo a la participación de partidos árabes en el gobierno.
Según la mayoría de los analistas, la resiliencia de Netanyahu se debe a su habilidad para aprovechar el “tribalismo político” que define el sistema israelí, así como al rechazo de gran parte de la sociedad a un gobierno en el que los partidos árabes ostenten puestos de responsabilidad.
El analista y sociólogo Luis Lev Grinberg destaca que la movilización tribal se basa en la hostilidad, el miedo e incluso el odio al otro, generando lealtad. Para Netanyahu, este tipo de movilización es conveniente, ya que incluye hostilidad de clase, étnica y religiosa.
La sociedad israelí está dividida entre religiosos y seculares, judíos mizrajíes y asquenazíes, así como entre la derecha y la izquierda. Con el 100 % de los votos escrutados, Netanyahu se impuso con 27 escaños, frente a los 2,1 parlamentarios del líder opositor Gadi Eisenkot (Yashar!)
La actual coalición de gobierno, integrada por el Likud con partidos ultranacionalistas religiosos y judíos ultraortodoxos, ha logrado 53 asientos en el Parlamento, frente a los 48 del bloque de oposición de centroderecha sionista, que completan Bejayad (Juntos) y Los Demócratas.
Las dos listas árabes cosecharon el mejor resultado de su historia con 19 diputados en total. La responsabilidad en el antes y después de los ataques de Hamás del 7 de octubre, así como la brutal ofensiva contra Gaza, ha tenido un impacto limitado para Netanyahu, que en 2022 se embolsó 32 escaños.
Desde aquel momento, el país ha sufrido un aislamiento internacional, una expansión de asentamientos ilegales en Cisjordania y se ha visto envuelto en una espiral de conflictos con Irán y Hizbulá, además de ocupar parcialmente el sur de Líbano y de Siria.
Esta política belicista de Netanyahu es entendida por su fiel electorado como necesaria para la seguridad del país ante el creciente antisemitismo global. Según Ilana Shpaizman, profesora de la Universidad Bar Ilan, él se presenta como la única persona capaz de garantizar la seguridad de Israel.
Además, su campaña contra los ciudadanos árabes genera temor entre los votantes, quienes perciben la presencia de árabes en el gobierno como una amenaza a la seguridad del Estado. Netanyahu presentó las elecciones como una lucha entre la supuesta derecha patriótica y una coalición de centroderecha que, según su discurso, estaría dispuesta a pactar con los partidos palestinos.
Su lema electoral, «La derecha o Palestina», refleja esta estrategia, situando al bloque de Eisenkot en un marco de amenaza nacional, incluso cuando no está a favor de un Estado palestino, ni contempla acabar con los asentamientos ni terminar con los ataques en Gaza.
Anshel Pfeffer, autor de la biografía no autorizada de Netanyahu, opina que el líder no busca privar a los árabes de Israel de sus derechos, pero mediante una deslegitimación constante, vacía ese derecho de su significado hasta que el voto se percibe como una amenaza a la seguridad del Estado.
En esta línea, Grinberg asegura que el odio contra los árabes es ahora aún más funcional, especialmente tras la masacre de Hamás. Durante la campaña electoral, el Likud pidió a sus electores hacer frente a una «concurrencia masiva» de la población árabe, usando también imágenes generadas con inteligencia artificial que vinculaban a la oposición con los palestinos.
Udi Sommer, profesor de la Universidad de Tel Aviv, destaca que los líderes de la oposición han sido «incapaces» de hacer frente a esta retórica ni de «articular un frente coherente» tanto en el Parlamento como durante la campaña, facilitando la victoria del Likud.



