Jueves, 29 de octubre de 2026
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Octavio Kulesz: IA obliga a repensar rol creativo de humanos

Filósofo analiza impacto de la inteligencia artificial en industrias culturales durante Foro Caribe Naranja.

Octavio Kulesz hablando durante el Foro Caribe Naranja.
Octavio Kulesz hablando durante el Foro Caribe Naranja.

A propósito de la realización en el país de la sexta edición del Foro Caribe Naranja, espacio dedicado a analizar el impacto de las industrias culturales y creativas en la sociedad, el filósofo Octavio Kulesz, uno de los expositores de la jornada, dictó la conferencia “La creatividad en la era algorítmica. La inteligencia artificial y el futuro de la cultura”.

Desde 2025, Octavio Kulesz forma parte del Consejo Global de Economía Creativa, una iniciativa del British Council y Creative PEC. Como investigador y asesor de organizaciones internacionales como la Unesco, la Organización Internacional de la Francofonía, y la Federación Internacional de Consejos de Artes y Agencias Culturales, su trabajo se ha concentrado en estudiar el impacto de la inteligencia artificial en las industrias culturales.

Usted habla de creatividad en la era algorítmica. ¿Qué estamos entendiendo mal cuando hablamos de creatividad e inteligencia artificial?

La inteligencia artificial es una tecnología sumamente poderosa que nos obliga a repensar nuestro rol creativo e intelectual. Estos sistemas computacionales realizan tareas cognitivas y emulan un comportamiento inteligente que antes era exclusivo del ser humano.

Cuando vemos una máquina que ahora es capaz de generar texto, audio y video de una altísima calidad técnica, organizar documentos, diseñar piezas gráficas y traducir entre numerosas lenguas con una calidad razonablemente buena, esto nos lleva a preguntarnos qué queda entonces de la creatividad humana.

Es claro que muchas profesiones creativas están sintiendo un impacto perjudicial de la IA generativa. Pero, al mismo tiempo, empieza a verse que las máquinas carecen de una dimensión fundamental de la creatividad humana.

Estos sistemas operan mediante modelos matemáticos y probabilísticos, sin emociones, sensibilidad ni subjetividad propias. No tienen conciencia ni ninguna intención real detrás de lo que escriben y de las imágenes o los videos que producen.

Ese es, en mi opinión, un aspecto de la creatividad que se fortalece con la irrupción de la IA: todo lo que la máquina no puede y no sabe hacer. Siempre hará falta un ser humano en algún punto de la cadena. Pero para ello será necesario reposicionarnos.

¿Qué es aquello que la inteligencia artificial no puede imaginar y que la creatividad humana todavía conserva como ventaja fundamental?

Trabajo con IA a diario de manera muy intensa, tanto en mis tareas de escritura, edición e investigación como en mi docencia en temas de IA y creatividad. Me resulta muy claro que, aunque las máquinas se vuelven más eficientes y precisas semana a semana, tienen una limitación fundamental: no crean desde una experiencia propia. Crean “desde ninguna parte”, por decirlo así.

Un ser humano, un ser que siente, que quiere expresar algo desde adentro, lo hace siempre desde un cuerpo, desde una realidad, desde una lengua, desde una historia, desde sus sueños, sus ganas, sus miedos y sus proyectos.

Las máquinas no tienen nada de todo esto. Por eso, una metáfora posible para pensar el rol de la IA actual es la de un caballo, fuerte y veloz, que necesita un jinete humano que lo guíe. Si dejamos que el caballo guíe al jinete y este se duerme y suelta las riendas, el humano se despertará al cabo de unas horas completamente perdido.

¿La inteligencia artificial está democratizando la creación cultural o existe el riesgo de que termine concentrando el poder creativo en las grandes empresas tecnológicas?

Ambas afirmaciones son ciertas, en buena medida. Por un lado, hay muchas personas que no cuentan con conocimientos literarios ni experiencia en arreglo musical y que ahora pueden escribir un cuento o componer una canción con algunos prompts y unos parámetros muy simples. Pero, obviamente, esto no alcanza para hacer que esas creaciones resulten interesantes o valiosas para el público.

En paralelo, hay que tener en cuenta que quienes están detrás de estos sistemas son un grupo muy pequeño de empresas tecnológicas. Para el mundo occidental, se trata sobre todo empresas de Estados Unidos, como OpenAI, Anthropic, Google o Meta, por mencionar algunas.

El peligro es que empresas cuyo negocio central es tecnológico y que, en varios casos, ya tienen una posición dominante en la distribución de contenidos también terminen dominando la creación cultural. Y difícilmente se logre diversidad y democratización si existe concentración económica.

¿Existe el riesgo de que la inteligencia artificial produzca una cultura cada vez más homogénea, en la que pierdan espacio las expresiones locales, las lenguas minoritarias y las identidades culturales?

Absolutamente. Creo que hay un riesgo de homogeneización y estandarización. Si pensamos en los grandes modelos de lenguaje, estos han sido entrenados principalmente con contenidos en lenguas llamadas de “altos recursos”, como el inglés, el castellano, el francés, el japonés y algunas otras que cuentan con enormes corpus textuales ya digitalizados, listos para alimentar modelos de IA.

Pero la gran mayoría de las siete mil lenguas habladas en la actualidad son de bajos recursos y no tienen suficiente cantidad de datos digitalizados. Muchos modelos de IA ofrecen un rendimiento inferior en estas lenguas, menos representadas en sus datos de entrenamiento.

Las consecuencias prácticas de este fenómeno pueden ser muy serias. No solo ocurre que el chatbot funciona peor, sino que esto puede incentivar que las generaciones más jóvenes utilicen otras lenguas, como el inglés, para interactuar con estas herramientas, lo que reduce aun más la presencia digital de su propia lengua.

¿Cómo pueden países pequeños como República Dominicana y los demás países del Caribe aprovechar la IA sin convertirse simplemente en consumidores de tecnologías y contenidos desarrollados en otros mercados?

Creo que hay muchas acciones que podrían emprenderse, independientemente del peso económico o la cantidad de habitantes de un país. Primero, invertir en formación y capacitación en IA para los sectores culturales, y también en alfabetización en IA para toda la ciudadanía: desde el público más joven hasta las personas mayores, los profesionales y los funcionarios públicos.

Luego, intentar incorporar, además de los modelos comerciales más conocidos, modelos de IA abiertos que se puedan ajustar y personalizar a las necesidades locales.

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